Cuando Jesús sana también las cicatrices
- Ana Rut Serrano

- há 5 dias
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Durante varios años pasé por un proceso de depresión extremadamente duro. Fue un viaje a través de un largo y oscuro túnel, que más que túnel parecía un pozo, pues cuanto más intentaba avanzar hacia adelante más oscuro y profundo se tornaba. De lo único que tengo certeza en esos años es que cada uno de esos días Jesús viajó a mi lado. Podría compartir mucho sobre aquel tiempo y aún así todavía no tendría las palabras suficientes para lograr compartirlo por completo. Hay dolores que son difíciles de expresar con palabras y nos guste o no, se quedan grabados en la mente, formando parte de nuestra historia, de nuestra propia piel, agarrados al corazón. Durante años he pensado que toda aquella experiencia se quedaría a vivir conmigo para siempre en mi memoria, como un nudo, siendo una secuela que jamás saldría de mí, que me acompañaría el resto de mis días como el peso de una mochila que no puedes quitarte de encima. Una cicatriz que jamás podré ocultar, siempre a la vista de todos. Siempre presente en mis pensamientos. Fue entonces cuando al leer estos versículos el Espíritu Santo me confrontó: 7 Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto, donde me tentaron vuestros padres; me probaron, vieron mis obras cuarenta años. A causa de lo cual me disgusté contra esa generación, Y dije: Siempre andan vagando en su corazón, y no han conocido mis caminos. Por tanto, juré en mi ira: No entrarán en mi reposo. (hebreos 3:6-10) El pueblo de Israel tenía una promesa para alcanzar, el lugar de descanso que Dios había preparado para ellos. Sin embargo, mientras se dirigían hacia allí, el pueblo vagaba en su corazón, permitiendo que el dolor (llámalo queja, resentimiento, nostalgia tóxica, miedo constante, desconfianza, culpa…) gobernara su actitud y decisiones, generando una incredulidad constante hacia la promesa. Justamente esto era lo que los alejaba de ella. Una identidad herida. Una mentalidad de esclavitud. Las heridas, sobre todo las profundas, dejan huella en uno, y aunque en algún momento dejen de doler, quedan las cicatrices, esas marcas sensibles que cuando pasamos la yema de los dedos por encima nos recuerdan que ahí hubo dolor. Un dolor quizá ahora seco, distinto, pero que permanece latente. Nos recuerda nuestro tiempo de esclavitud. Pero… ¿y si ese dolor, eso que todavía sientes que está roto en ti pudiera ser sanado por completo? ¿Y si al igual que Dios sana una enfermedad, las cicatrices también pudieran ser aliviadas? ¿Y si el dolor que se quedó sellado en tu vida pudiera ser restaurado, experimentando una metamorfosis y transformándose en esperanza? Muchas veces caemos en la trampa social que aprendimos de que “el tiempo lo cura todo” pero el único que puede curar no es el tiempo, es Jesucristo. A nuestro Dios le importan no sólo nuestras heridas, también nuestras cicatrices. A nuestro Dios le importa nuestro corazón. Cuando Jesús resucitó y fue al encuentro de sus discípulos les mostró sus cicatrices, no para recordarles el dolor de su muerte, sino para que pudieran ver vida eterna a través de ellas. Su dolor se transformó en esperanza, en el testimonio del acto más revolucionario de la historia de la humanidad. El mismo Dios que nos formó a su imagen decidió por puro amor entregarse así mismo por nosotros a través de su Hijo para reconciliarnos con Él, para que no anduviéramos más perdidos, vagando en nuestros corazones. Él escogió ir a por nosotros, pelear a muerte por nosotros, poniéndose literalmente en nuestro lugar, quitándole el poder en aquella cruz al pecado, la enfermedad, el dolor y la muerte. Por ti y por mí. “Si oyereis hoy su voz no endurezcáis vuestros corazones…” ¿En qué área sigue vagando tu corazón? ¿En qué área todavía te cuesta confiar en Él? El día que el Señor me confrontó con esta Palabra comenzó a agitar mis estructuras mentales, haciéndome entender que aunque ya era libre en Él, no podría vivir en plenitud hasta que permitiera que mis pensamientos fueran restaurados por Él. Así que tomé una decisión y decidí rendirme por completo y dejarme hacer de nuevo. No tengo la más mínima duda de que Él anhela profundamente arrancar tu dolor, limpiar tu herida, sanar tu cicatriz y convertirla en testimonio vivo de su amor. Oro por ti ahí donde estás para que a pesar de lo que puedas estar experimentando, del temor que hoy sientas al futuro, a volver a sufrir o a que el dolor no desaparezca nunca, tus pensamientos sean renovados a la luz de la Palabra, trayéndote la claridad que necesitas para ver a Jesús donde antes no podías verlo y puedas decidir entrar en un tiempo de restauración en tu vida. Donde tus marcas sean expuestas y abrazadas por aquel que más te ama, tus miedos sean confrontados y desechados, y tus pecados blanqueados. Que en este tiempo tu identidad sea renovada en Él, y puedas fluir con autoridad siendo quien realmente eres, una carta viva llena de marcas de amor, testimonio del único que puede traer salvación, sanidad, libertad y restauración. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad. (Isaías 43:19)




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