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Cuando la frustración revela quién tiene el control

3 de set.
2 min de leitura

Quizá por eso nos frustramos tanto cuando las cosas no salen como habíamos planeado.


Al fin y al cabo, ¿qué es lo que realmente nos irrita? ¿El hecho de que Dios esté guiando nuestra historia o el hecho de haber perdido el control sobre ella?


Muchas veces, aquello que llamamos frustración no es más que un corazón luchando por mantener en el centro algo que nunca debería haber estado allí.


Nos gusta hacer planes.


Imaginamos el futuro, creamos expectativas y trazamos caminos que creemos que son los mejores. Y no hay nada malo en hacer planes. El problema comienza cuando nuestra paz pasa a depender de que todo ocurra exactamente como lo habíamos imaginado.


La Biblia dice:

"El corazón del hombre piensa su camino, pero el Señor dirige sus pasos." (Proverbios 16:9)


Podemos planear el camino, pero no hemos sido llamados a controlar nuestro destino.


Y quizá sea precisamente ahí donde nace la frustración.


Cuando algo se escapa de nuestro control, muchas veces no estamos simplemente tristes por lo que ha ocurrido. Nos incomoda darnos cuenta de que no tenemos el dominio que creíamos tener.


Entonces surge una pregunta difícil:


¿Estoy frustrado porque algo ha salido mal o porque Dios no hizo lo que yo quería?

Proverbios 19:21 dice:


"Muchos son los planes en el corazón del hombre, pero lo que permanece es el propósito del Señor."


Esta verdad puede resultar incómoda. Porque significa que Dios no está comprometido a cumplir todos nuestros planes.


Pero sigue estando comprometido con Sus propósitos.


Probablemente José tampoco imaginaba que sus sueños lo llevarían primero a un pozo, a la esclavitud y después a la cárcel. En muchos momentos, su historia parecía estar completamente fuera de control.


Pero Dios nunca había perdido el control.


Años después, José pudo mirar atrás y decir:


"Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo encaminó para bien." (Génesis 50:20)


Nosotros solo vemos un capítulo.


Dios conoce la historia entera.


Quizá una puerta cerrada no sea el final.


Quizá un retraso no sea abandono.


Quizá aquello que hoy llamamos frustración no sea más que Dios recordándonos que nunca fuimos creados para cargar con el peso de tener que controlarlo todo.


Por eso, quizá la oración NO debería ser:


"Señor, haz que todo ocurra tal y como lo planeé"


Sino:


"Señor, enséñame a confiar en Ti cuando mis planes no salgan como esperaba."


Porque, al final, nuestra seguridad no está en saber exactamente hacia dónde va la vida.


Está en saber quién está guiando el camino.


"Encomienda al Señor tu camino; confía en él, y él actuará." (Salmos 37:5).


 
 
 

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