La Promesa del Espíritu Santo
En Juan 14, Jesús entrega a sus discípulos una de las mayores promesas para la Iglesia: la venida del Espíritu Santo. Él promete otro Consolador, que estaría con ellos para siempre. El Espíritu Santo no sería simplemente una influencia momentánea, sino que pasaría a habitar dentro de aquellos que pertenecen a Cristo.
Juan 14:16–17 "Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Consolador, para que los acompañe siempre: el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes".
Esta promesa ya formaba parte del plan de Dios. Joel había profetizado que Dios derramaría su Espíritu, y Ezequiel anunció que Él daría a su pueblo un corazón nuevo y pondría dentro de ellos su Espíritu. En el Antiguo Testamento vemos al Espíritu actuando sobre hombres y mujeres, pero ahora, por medio de Jesús, Dios establece un nuevo pacto: Él viene a morar en nosotros.
Ezequiel 36:26–27"Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo. Les quitaré ese corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis decretos y obedezcan mis leyes".
El problema del ser humano siempre ha estado en el corazón. Muchas generaciones conocieron la Palabra de Dios, pero terminaron alejándose de nuevo. Por eso, no bastaba simplemente con conocer los mandamientos; era necesaria una transformación interior. En Cristo somos una nueva creación, y es el Espíritu Santo quien transforma nuestra naturaleza y nos capacita para vivir en obediencia a Dios.
Jesús dijo que quien lo ama guarda sus mandamientos. Ahora, con el Espíritu Santo habitando en nosotros, podemos vivir en esa obediencia, pero necesitamos permanecer sensibles a su dirección. El Espíritu nos enseña, nos recuerda las palabras de Jesús y manifiesta en nosotros el carácter de Cristo.
Sin embargo, la Biblia también muestra que es posible resistirse al Espíritu Santo. Esteban confrontó a personas que conocían la Palabra, pero endurecían su corazón y continuamente se resistían a la acción de Dios. Uno de los grandes peligros para la Iglesia es precisamente la religiosidad: tener conocimiento, apariencia espiritual y prácticas religiosas, pero mantener un corazón alejado del Señor.
Hechos 7:51"¡Tercos, de corazón y de oídos! Vosotros sois iguales que vuestros antepasados: ¡siempre resistís al Espíritu Santo!".
Los fariseos son un ejemplo claro de esto. Jesús los reprendió porque decían una cosa y vivían otra, buscaban reconocimiento, imponían cargas sobre los demás y se preocupaban por la apariencia exterior, mientras que interiormente estaban llenos de orgullo e hipocresía. Conocían las Escrituras, pero no permitían que la Palabra transformara verdaderamente sus corazones.
Mateo 23:27–28"¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Sois como sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre. Así también vosotros, por fuera dais la impresión de ser justos, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y maldad".
La iglesia de Sardes presentaba una condición similar: tenía fama de estar viva, pero delante de Dios estaba muerta. Laodicea también vivía en un estado de orgullo y autoengaño espiritual. Esto nos muestra que es posible aparentar espiritualidad y, al mismo tiempo, estar alejados de la presencia de Dios.
Por eso, necesitamos cuidar nuestro corazón. La vida cristiana no puede ser solamente apariencia, conocimiento o tradición. Necesitamos permitir que el Espíritu Santo transforme continuamente nuestra naturaleza, produzca su fruto en nosotros y nos conduzca a una vida verdadera de amor y obediencia a Jesús.
Dios no quiere simplemente estar cerca de nosotros; desea habitar en nosotros y revelar a Cristo a través del Espíritu Santo.




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