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En el Silencio, Emmanuel

Toda navidad tiene una mezcla entre gozo y nostalgia, melancolía e ilusión. Mis últimas navidades no han sido fáciles. Los tiempos en familia reavivan heridas del corazón por los que ya no están y de alguna manera uno no puede evitarlo, simplemente lo transita. Es fácil perder el enfoque de lo verdaderamente importante y dejar que las emociones del corazón tomen el control. El corazón, engañoso más que todas las cosas, suele centrarse en sí mismo y olvidar o dejar de lado el sentido de lo que celebramos, y la verdadera esencia de por qué nos estamos reuniendo.

Esta mañana algo apesadumbrada, pues por una gripe muy oportuna no puedo pasar este tiempo rodeada de mi familia, le preguntaba a Dios: ¿qué quieres enseñarme hoy? A lo que no podía escucharle. Un nudo de emociones alborotadas y con intención de hablar todas a la vez se agolparon en la puerta de mi mente. Mientras las conducía como a niños de colegio a la calma y ponerse en fila respetando su turno, me invadió esa sensación tan conocida por todos nosotros de lo molesto que es a veces tener que parar y estar quieto cuando uno no quiere parar ni estar quieto. Y es que, qué poco nos gusta estar detenidos o en silencio cuando no queremos estarlo, y cómo surge rápidamente la tentación de llenar el silencio con cualquier otra cosa. Pero la Palabra nos anima a estar en silencio y escuchar. Concretamente, el Salmo 46:10 dice “estad quietos y conoced que yo soy Dios”.  

Así que frenando a todos los ruidosos pensamientos, los dejé a la espera, y cogiendo mi biblia comencé a buscar algunos de los distintos pasajes que hablan del anuncio y nacimiento de Jesús. Algo que de alguna manera todos conocemos, pero que cuando son guiados por el espíritu, se hacen nuevos. En medio de un contexto de crisis, incertidumbre e infidelidad, un contexto no muy distinto al que nos encontramos actualmente como sociedad, una palabra del cielo es revelada y llega a la tierra trayendo un mensaje de vida, esperanza, y restauración. El Salvador viene.

En Mateo 1:23 relata cómo iba a ser la venida de Jesús: “He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Emmanuel, que traducido es: Dios con nosotros”. Dios con nosotros. Detente un segundo y vuelve a leer. Dios con nosotros.  Cuando lo leo mis ojos se llenan de lágrimas. Recibo estas palabras, y dejo que se muevan por todo mi ser. Hoy es un día de alegría, de recordar lo verdaderamente importante. 

La navidad no es disfrutar con la familia, aunque sea algo maravilloso. No es reunirse y compartir regalos, conversaciones o tiempo, aunque sea maravilloso. Es recordar que el cielo vino a la tierra, que Jesús fue real, habitó entre nosotros, caminó entre nosotros y decidió morir por nosotros, resucitando al tercer día y dejando su espíritu en nosotros. Un sello de salvación, un anticipo de su amor eterno, redención futura y plenitud en Él.

Porque no sólo recordamos que Jesús nació, también recordamos que volverá para habitar entre nosotros. Desde Génesis a Apocalipsis el sueño de Dios ha sido el mismo, habitar entre su pueblo. Apocalipsis 21:3 nos dice: “Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: He aquí, el tabernáculo de Dios está entre los hombres, y El habitará entre ellos y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos.”

Isaías 9:6 Habla de Jesús, de su identidad: “Pues nos ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado; el gobierno descansará sobre sus hombros, y será llamado: Consejero Maravilloso, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz.

Jesús. Cuando Él está, todo en mí se calma. Cuando recibo su abrazo, todo en mí se ordena, y deja de importarme caminar en desierto porque en su presencia siempre es primavera. Estoy enamorada de Jesús con un amor que mi lógica no puede entender. Un amor que nunca sentí por nadie ni por nada. Un amor que no nace de mi corazón sino del suyo, que me amó primero, que me mira con ternura, con pasión, con arrojo y osadía. Un amor valiente y violento que me cubre, me protege, me consuela y me levanta. Un amor que me da esperanza, alegría, y me sacia cada uno de mis días. Jesús es mi descanso, mi mejor amigo. Quien me ve como realmente soy, con todas mis imperfecciones. Quien me enseña y corrige con firmeza y dulzura. Quien con paciencia me venda las heridas y escucha mis dilemas.  Quién a veces parece esconderse para que le busque, y se queda callado para escucharme. Quien siempre tiene algo que enseñarme. Quien me habla en susurros para que me incline y pegue mi oído a su corazón. Quien dio su vida por mí y me enseña a vivir en plenitud. Quien pule mi carácter y fortalece cada día quién soy. Quien me diseñó a su imagen y me guía en cada temporada a reflejar su gloria, en los días buenos y en los malos. En Él nada me falta. 

A veces, muchas veces, he peleado contra Él, ahora peleo junto a Él. Y cuando me irrito y no entiendo, y siento que no tengo el control de nada, me siento a sus pies y lloro reconociendo que Él gobierna en todo. Su justicia no es la mía. Él es mi mayor tesoro. Él es mío, y yo soy suya. Él es eterno, y fuera de Él nada vale la pena. 

Así es Él, y así es su amor.  El único y verdadero Dios. Aquel que nació, murió y resucitó y está sentado a la diestra del Padre intercediendo por nosotros. Nuestro Dios, nuestro Salvador. Nuestro rey. Nuestro amado.

Hoy es un día de celebración para levantar la voz bien alto. Dios está con nosotros.

 
 
 

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